Por Hugo Sager – En cada mano tendida hacia el más humilde, en cada acción para recuperar la dignidad de las personas, en cada política pública destinada a incluir y sentirse parte del mismo país, vas a encontrar a Evita. Quizás desde su humilde origen incorporó esa necesidad de tender la mano hacia el que más lo necesitaba. No para ejercer caridad con lo que sobraba sino para compartir lo que se tenía, que en definitiva es la verdadera solidaridad. Quizás también por ello se sumó rápidamente al llamado de auxilio del pueblo sanjuanino, devastado por aquel sismo que llenó de muerte y dolor a todo un país.
Nunca sabremos si fue el destino o hubo algo más que la acercó a Juan Domingo Perón, uniendo así dos vidas que cambiarían para siempre la de los más postergados de la Argentina. Desde el amor y la lealtad al líder, supo acompañar en las más difíciles; jugando un rol determinante en aquel 17 de Octubre; pero también poniéndose al frente de los reclamos, enarbolando las banderas que otros no se animaban y exigiendo al poder político y sindical respuestas acordes a los tiempos que se vivían.
Los chaqueños podemos dar fe de ello: la provincialización del entonces Territorio Nacional del Chaco, surge por la pasión que puso ella misma a esa gesta, convenciendo a los legisladores para la aprobación de la ley. Luego de su visita al Vaticano y de su larga charla con Monseñor Roncalli, decidió crear una Organización con escasa burocracia y mucha celeridad en las respuestas, destinada a brindar soluciones a lo largo y ancho del país.
Hospitales, Alojamientos, Centros de Atención para la Ancianidad, Centros para la Madre y el Niño, Escuelas de Enfermería, Juegos Nacionales Deportivos, Escuelas de Formación en Oficios y tantas otras acciones dan fe de ello. Todos ellos financiados por la Fundación Eva Perón; dedicándole más horas de trabajo que las usuales y mucho más valorable aún debido a su delicado estado de salud. Contaba Evita que aquel Monseñor le había sugerido en su charla; ”…Dedíquese sin límites… pero recuerde que el camino del servicio a los pobres siempre termina en la CRUZ…”.
Y si algo le faltara, dejó una tremenda lección política en aquel acto de renunciamiento del 22 de Agosto de 1951. Fue tan profundo su trabajo, que aún fallecida su obra continuó y luego del golpe militar del año ¨55, en la promocionada liquidación de la Fundación, una de sus más acérrimas críticas, al finalizar su tarea, expresó “…no encontré un solo motivo para decir que Eva robara algo; pero no puedo decir lo mismo de quienes me acompañaron en la tarea liquidadora…”. Quizás ese preconcepto y su noble tarea reivindicativa de los que menos tenían, generó tanto odio en sectores de la “Sociedad Porteña” que justificaron aquella terrible frase “Que Viva el Cáncer” al momento de su muerte y justificaron el ultraje posterior a su cuerpo inerme y embalsamado, sólo rescatado 17 años después desde un cementerio italiano.
La profundización de la grieta, tan promocionada en los últimos años, viene de allí. Porque no entendieron que mientras que las políticas públicas de Perón enseñaban a pescar, sentando las bases para un nuevo país, en base al trabajo como ordenador social, Evita tendía la mano amorosa ofreciendo el pescado, para saciar a los perdedores de siempre.
Nunca lo habrán de comprender. Sin embargo, su accionar dejó una huella tan profunda en el pueblo argentino, que a 73 años de aquel doloroso 26 de Julio, siempre está presente.
Porque EVITA VIVE en el CORAZÓN de SU PUEBLO